jueves, 18 de octubre de 2012

Apuntes


EL ACTOR DEL TEATRO MEXICANO




El teatro en las provincias mexicanas es distinto al teatro que vemos en el Distrito Federal en muchos aspectos: las temáticas son diferentes, el nivel actoral también, la calidad del montaje en términos estéticos y técnicos, pero, ¿es esto cierto? ¿No será más bien una idea común y cultural, llamada prejuicio? Una respuesta simple sería que en D.F. una parte del teatro que se hace y tiene público, es hecho por profesionales titulados y/o gente de impresionantes trayectorias en el gremio, mientras que son pocas las provincias que dentro de su educación universitaria, pública o privada ofrecen la licenciatura en Arte Dramático o Arte Teatral.
Por ejemplo en el norte del país, son pocos los que tienen acceso a talleres, diplomados o licenciaturas, los jóvenes inquietos de clase media y que tienen la posibilidad económica optan por irse a estudiar a otras ciudades como Monterrey, Puebla, Guanajuato, o el mismo D.F. y pocos regresan y son gustosos de llevar los conocimientos adquiridos a sus localidades. Lo estimulante es que la gente está ávida de conocer y expresarse pero hay pocas opciones, al menos en lo que a teatro se refiere.

Sea como fuere, lo cierto es que el ejercicio escénico en México depende en gran medida de las instituciones, de los fondos del presupuesto cultural de cada dependencia, y que es bien sabido se administra de manera deficiente, con sus contadas excepciones. No importa si eres o no actor, director, escenógrafo, o técnico profesional o formado en las tablas, de igual manera, el oficio artístico en México no deja un salario ya no digamos digno, suficiente para subsistir.

En las ciudades con una mejor infraestructura educativa, económica y social, podemos encontrar diversas escuelas que ofrecen la profesionalización del Teatro, con sus respectivas técnicas y planes de estudio, sin embargo el academicismo es una especie de ilusión de desarrollo escénico que más bien dogmatiza, entorpece y delimita el órgano creativo de sus alumnos, como afirma Luis Camnitzter en su publicación La Enseñanza del Arte como Fraude: “…desde ese momento en adelante ya no pudimos formalizar nuestras experiencias de lo desconocido, y en su lugar pasamos a intentar acomodar nuestra producción a esa palabra, la palabra arte”.  

Por  otro tenemos a esos actores, actrices, directores, escenógrafos, técnicos iluminadores y musicalizadores que se han hecho sobre las tablas en los pueblos violentos del norte, en las selvas de Oaxaca y Chiapas, y así de otros puntos geográficos de nuestro país, que si bien tienen menos herramientas, cuentan con algo fundamental: necesidad de expresarse, de hacer y producir.

Aparentemente el andar de estos actores es en alguna medida, más lento, torpe, y lleno de equivocaciones (según la academia), aun que también pueden ser experiencias y laboratorios genuinamente vivenciales y sobre todo, expuestos constantemente a un público. Mientras los actores que se han formado en las aulas del CUT, el CNA por decir un par de escuelas de renombre nacional, tienen metodología y práctica, que han demostrado ser útiles y valiosas para el teatro en México por muchas décadas; y sin embargo, en una época donde todo va cambiando vertiginosamente, la escuela teatral insiste en mostrarse cerrada y limitante, con creencias y enseñanzas que no sólo son obsoletas en algunos casos, sino que poco a poco van automatizando a sus actores, a quienes insisten en llamar alumnos hasta que cubran un perfil que llaman “actor” o “actriz” y que en cada escuela es distinto, como si alguien pudiera acreditar si uno es o no un artista.

Es posible que haya un mundo abierto y virgen delante nosotros, donde todo está por ser expresado, desacralizado, sacralizado y gozado con o sin técnica, con o sin tablas, y por qué no; que aquellos que realizamos este trabajo podamos vivir de él, como cualquier otro ciudadano con oficio o profesión. 


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